Crónica – Domingos de lluvia
Un día de lluvia como hoy… siempre me lleva de vuelta.
No importa dónde esté, ni cuánto tiempo haya pasado. Hay algo en la lluvia que abre una puerta silenciosa dentro de mí. Una puerta que no hace ruido, pero que, al cruzarla, me devuelve a un lugar donde todo era más simple.
Y ahí… está ella.
Mi mamá.
La veo en esos domingos que parecían no tener prisa. Días en los que el tiempo no corría, apenas se dejaba estar. Afuera, la lluvia caía suave, como hoy. Adentro, la casa se llenaba de una calma que no necesitaba explicación.
No hacíamos grandes cosas.
Y, sin embargo, lo eran todo.
Había algo en estar juntos que bastaba. Una conversación sin urgencia, un silencio compartido, un gesto pequeño que, sin saberlo, se convertía en recuerdo.
La lluvia tenía otro sonido en esos días.
No era solo agua cayendo…
era compañía.
Hoy, cuando la escucho, no puedo evitar sentir esa falta. No una falta dolorosa, sino una ausencia que abraza. De esas que no hieren, pero que dejan claro lo importante que fue — y sigue siendo — ese amor.
Y entonces empiezo a contar.
Cuento los días.
No como quien espera algo lejano, sino como quien guarda una certeza. La certeza de que pronto habrá un abrazo. De que pronto, ese espacio que hoy existe en la distancia se llenará de presencia.
Qué ganas…
Ganas de volver a esos momentos. De sentarme cerca. De no decir nada y, aun así, sentir que todo está bien. De dejar que la lluvia vuelva a ser lo que era: un fondo perfecto para el amor que no necesita palabras.
Tal vez crecer sea eso.
Aprender a reconocer que los momentos simples eran extraordinarios. Y que, aun cuando pasan… nunca se van del todo.
Porque hay recuerdos que no se apagan.
Solo esperan…
a ser abrazados otra vez.




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