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10 de abr. de 2026

Un acto de fe

 


Crónica – Un acto de fe

Vivir del arte es un acto de fe.

No una fe ingenua, ni una ilusión ligera. Es una fe que se construye todos los días, en silencio, en la duda, en los momentos en que nada parece sostener lo que uno siente.

Porque no se trata solo de talento.

Se trata del alma que insiste.

Ser artista es caminar por un territorio sin garantías. Un lugar donde no hay promesas de estabilidad, donde cada creación es un salto al vacío y cada día exige una nueva forma de existir. No hay mapas. No hay caminos seguros. Solo una intuición que empuja… y una voz interna que no se apaga.

Y, aun así, uno sigue.

Porque hay algo en el arte que da sentido.

Algo que no se explica, pero se reconoce. Es el instante en que lo invisible toma forma, en que lo cotidiano se vuelve belleza, en que una emoción encuentra lenguaje y deja de ser peso para convertirse en expresión.

Ahí… todo cobra sentido.

Pero vivir del arte no es solo crear.

Es sostenerse.

Sostener la propia luz incluso cuando nadie la nombra. Cuando el mundo pasa de largo. Cuando lo que haces no es entendido, o no es visto, o simplemente no encaja.

Es, muchas veces, seguir creyendo solo.

Creer que lo que nace de ti tiene valor, aunque no tenga aplausos inmediatos. Aunque no tenga respuestas rápidas. Aunque no tenga lugar todavía.

Y eso… también es arte.

Resistir sin endurecerse.
Persistir sin perder la sensibilidad.
Volver a empezar, incluso cuando todo parece detenido.

Porque el arte no es una elección momentánea.

Es un destino.

Algo que no se abandona, porque no vive fuera… vive dentro.

Y quien decide vivir de él…
decide también vivir con verdad.

Con todo lo que eso implica.

Con la belleza…
y con la incertidumbre.

Pero, sobre todo,
con la certeza de que hay algo en su existencia que no puede ser negado.

Y que, aun en los días más difíciles…
merece ser vivido.

Sândra Camilo 

6 de noviembre de 2025


 

Hay historias que no comienzan.

No porque falte intención, ni porque no exista el sentimiento, sino porque el tiempo… simplemente no se abre para ellas.

Éramos promesa.

No una promesa dicha, ni escrita, ni siquiera pensada con claridad. Éramos esa sensación que aparece antes de tener nombre. Un reflejo que temblaba en el mismo camino, como si ambos supiéramos — sin decirlo — que algo estaba ahí.

Pero llegamos tarde.

Siempre hay un “tarde” en este tipo de historias. Tarde para mirarnos sin miedo. Tarde para decir lo que se quedaba atrapado en la garganta. Tarde para permitir que lo que sentíamos encontrara un lugar donde existir.

Nos dijimos poco.

Y, sin embargo, ese poco lo dijo todo.

El silencio hizo el resto. Se volvió testigo de lo que no supimos sostener, de lo que no nos atrevimos a nombrar. Porque hay silencios que no son ausencia… son exceso. Exceso de emoción, de duda, de todo aquello que no encuentra forma.

Y así nació…
la historia que no pasó.

Un amor que se escribió sin voz.

Dos almas que se rozaron casi por accidente, como si el destino hubiera querido mostrarnos algo… y luego retirarlo con la misma suavidad.

Te soñé.

No en noches concretas, ni en momentos definidos. Te soñé en ese lugar donde viven las posibilidades que nunca fueron. Te busqué en días que no existieron, en escenarios que mi mente construía para darte un espacio que la realidad no nos concedió.

Y, aun así, algo quedó.

Porque, aunque el mundo no nos vio bailar, mi corazón recuerda el compás.

Recuerda el ritmo de lo que pudo ser.
De lo que, por un instante, pareció real.

A veces pienso que hay amores que no están hechos para vivirse en este tiempo. Que existen solo para tocar, para despertar, para dejar una marca leve… pero eterna.

Quizás en otra vida.
En otro cielo.
En otra estación donde el tiempo llegue a tiempo.

Quizás ahí… seamos.

Pero aquí… fuimos apenas un susurro.

Y, aun así, fue suficiente para quedarse.

Porque hay historias que no pasan…
y, sin embargo, nunca se van.

Y hay amores que no se tocan…
pero quedan tatuados.

Para siempre.

escrito en 

Cuando la lluvia cae

 


Crónica 

Cuando la lluvia cae

Hay un sueño que nace cuando la lluvia cae lenta.

No siempre se anuncia. A veces llega sin aviso, en esos días en que el cielo parece detenerse y el mundo baja el ritmo sin pedir permiso. La lluvia comienza suave, casi tímida, y los árboles se inclinan como si supieran que están siendo tocados por algo sagrado. Hay una luz distinta en ese momento, una especie de brillo silencioso, como si el cielo los bañara de plata.

Y es ahí… donde el sueño aparece.

No es un deseo ruidoso. No es urgente. Es sereno. Profundo.
El deseo de compartir ese instante con alguien.

Alguien que mire la lluvia sin prisa.
Alguien que entienda que no es solo agua cayendo, sino un lenguaje secreto del mundo.
Un regalo que no se explica, pero se siente.

Porque hay momentos que no existen solos.
Necesitan ser vistos por dos.

Y en esa mirada compartida, algo se abre.

Después… el día sigue.
Se cansa. Se arrastra entre horas, responsabilidades, silencios que pesan más de lo que deberían. Pero el sueño no desaparece. Se guarda. Se transforma.

Y llega la noche.

E, com ela, o desejo de descanso.

No de dormir apenas…
mas de repousar perto.

De sentir o calor de outra pele — aquela que o coração reconhece sem precisar perguntar quem é. Uma presença que não invade, mas acolhe. Que não exige, mas permanece.

E, nesse silêncio acompanhado, algo se acende.

Uma calma que nenhuma tempestade apaga.
Uma paz que não depende do céu limpo.
Uma luz que continua… mesmo quando as nuvens cobrem tudo.

Talvez seja isso.

Um sonho simples.
Mas profundo.

Estar acompanhado…
por quem ilumina a noite.

Mesmo nos dias em que o mundo parece escuro demais.

Sândra Camilo.  01-12-2025


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