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18 de mai. de 2026

Domingos de lluvia

 


Crónica – Domingos de lluvia

Un día de lluvia como hoy… siempre me lleva de vuelta.

No importa dónde esté, ni cuánto tiempo haya pasado. Hay algo en la lluvia que abre una puerta silenciosa dentro de mí. Una puerta que no hace ruido, pero que, al cruzarla, me devuelve a un lugar donde todo era más simple.

Y ahí… está ella.

Mi mamá.

La veo en esos domingos que parecían no tener prisa. Días en los que el tiempo no corría, apenas se dejaba estar. Afuera, la lluvia caía suave, como hoy. Adentro, la casa se llenaba de una calma que no necesitaba explicación.

No hacíamos grandes cosas.

Y, sin embargo, lo eran todo.

Había algo en estar juntos que bastaba. Una conversación sin urgencia, un silencio compartido, un gesto pequeño que, sin saberlo, se convertía en recuerdo.

La lluvia tenía otro sonido en esos días.

No era solo agua cayendo…
era compañía.

Hoy, cuando la escucho, no puedo evitar sentir esa falta. No una falta dolorosa, sino una ausencia que abraza. De esas que no hieren, pero que dejan claro lo importante que fue — y sigue siendo — ese amor.

Y entonces empiezo a contar.

Cuento los días.

No como quien espera algo lejano, sino como quien guarda una certeza. La certeza de que pronto habrá un abrazo. De que pronto, ese espacio que hoy existe en la distancia se llenará de presencia.

Qué ganas…

Ganas de volver a esos momentos. De sentarme cerca. De no decir nada y, aun así, sentir que todo está bien. De dejar que la lluvia vuelva a ser lo que era: un fondo perfecto para el amor que no necesita palabras.

Tal vez crecer sea eso.

Aprender a reconocer que los momentos simples eran extraordinarios. Y que, aun cuando pasan… nunca se van del todo.

Porque hay recuerdos que no se apagan.

Solo esperan…
a ser abrazados otra vez.


Sândra Camilo escrita en 

14 de mai. de 2026

La elección invisible

 



Crónica – La elección invisible

Cada día elegimos.

Aunque no siempre lo notemos.
Aunque muchas veces lo hagamos en automático, sin detenernos a mirar lo que realmente está en juego.

Elegimos en lo pequeño.

En la forma en que despertamos.
En el pensamiento que dejamos entrar primero.
En la emoción que decidimos sostener… o soltar.

Y, sin darnos cuenta, esas pequeñas elecciones van construyendo algo mayor.

Porque hay días en los que nos volvemos esclavos.

Esclavos de aquello que nos limita, que nos repite, que nos mantiene en el mismo lugar. De las inseguridades que aprendimos a escuchar demasiado, de los miedos que se disfrazan de prudencia, de las dudas que, poco a poco, van ocupando el espacio donde antes habitaba la posibilidad.

No es fácil verlo.

A veces creemos que es la vida la que decide por nosotros. Que son las circunstancias, los tiempos, las personas… pero, en el fondo, hay un punto silencioso donde todo comienza:

la elección.

También hay días distintos.

Días en los que, aun con miedo, algo dentro se levanta. Días en los que no desaparecen las dudas, pero dejan de mandar. Días en los que, aunque el camino no esté claro, decidimos avanzar.

Y ahí… algo cambia.

Dejamos de servir a lo que nos detiene…
y comenzamos a servir a lo que nos llama.

El propósito no siempre grita.

A veces es apenas un susurro. Una sensación leve que insiste, que se repite, que vuelve incluso cuando intentamos ignorarla. No siempre es cómodo. No siempre es inmediato. Pero es verdadero.

Y cuando elegimos escucharlo…

la vida se organiza de otra forma.

No porque todo se vuelva fácil, sino porque todo empieza a tener sentido. Incluso los desafíos. Incluso las pausas. Incluso los momentos en que sentimos que no estamos avanzando.

Porque ya no caminamos desde la debilidad.

Caminamos desde la dirección.

Y entonces entendemos algo simple… pero profundo:

que la elección siempre está.

No afuera.
No en el otro.

En nosotros.

Cada día.
En cada gesto.
En cada pensamiento que decidimos creer.

Ser esclavos…
o ser servidores.

Y, aunque a veces olvidemos…
siempre podemos volver a elegir.

 Sândra Camilo  ESCRITA EN 

10 de mai. de 2026

Habitar lo invisible


 

Crónica – Habitar lo invisible

El arte de actuar no es solo interpretar.

Durante mucho tiempo, se ha dicho que actuar es representar, construir, fingir. Pero, con los años, he comprendido que va mucho más allá de eso. Actuar es habitar.

Habitar otras vidas sin dejar de ser quien se es.

Es prestar el cuerpo, la voz, la mirada… para que una historia respire a través de uno. Es escuchar con todo el cuerpo, no solo con los oídos. Es percibir lo que no se dice, lo que se esconde entre gestos, silencios y emociones que no siempre encuentran palabras.

Hay algo profundamente humano en ese acto.

Cada personaje es una puerta.

Una puerta abierta al alma humana, a sus contradicciones, a sus luces y a sus sombras. Al atravesarla, uno no solo interpreta… también se transforma. Porque cada escena deja algo, incluso cuando termina. Algo que permanece, que se instala, que nos recuerda que sentir también es una forma de conocer.

Y en cada historia… renuevo un compromiso.

No con el resultado.
No con la perfección.

Sino con la verdad.

Con la emoción que nace sin esfuerzo cuando se está presente. Con ese instante en el que todo se alinea y el personaje deja de ser construcción para convertirse en experiencia.

He recorrido escenarios, cámaras y distintos territorios.

He cruzado fronteras que no siempre aparecen en los mapas, pero que existen dentro de cada proceso, de cada creación, de cada encuentro con lo desconocido. Y, aun así, hay algo que no cambia:

la certeza de que el arte transforma.

Transforma a quien lo hace.
Y a quien lo recibe.

Porque el arte conmueve, revela, despierta. Nos devuelve a lo esencial, incluso cuando no lo buscamos.

Actuar es mi lenguaje.

Es la forma que encontré de decir lo que no siempre se puede explicar. De expresar lo invisible. De tocar aquello que no se ve… pero se siente.

Y crear… es mi camino.

Un camino que no siempre es fácil, pero que es profundamente verdadero.

Hoy, más que nunca, agradezco.

A quienes miran.
A quienes sienten.
A quienes confían.

Porque el arte no se sostiene solo.

Se sostiene en el encuentro.

Y mientras haya historias por contar…
seguiré.

Habitando lo invisible.
Dándole forma a lo que no tiene nombre.

Y recordando, una y otra vez,
por qué elegí este camino.

Sândra Camilo 

escrita en 

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