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7 de mai. de 2026

Antes de la historia


Crónica – Antes de la historia

Hay lugares que parecen escritos por adelantado.

No se explican, no se anuncian… simplemente se revelan. Aparecen como si ya existieran dentro de nosotros, esperando el momento exacto para ser reconocidos. Calles que no solo se recorren, sino que susurran. Paisajes que no solo se miran, sino que se sienten como escenas que aún no han sido vividas… pero que, de alguna forma, ya nos pertenecen.

Para quienes escribimos, el mundo no es solo un conjunto de espacios.

Es lenguaje.

Hay lugares que no son escenario, sino personaje. Caminan con nosotros, respiran en silencio, se instalan en la memoria con una presencia que no se borra. Otros se vuelven refugio, un sitio donde la vida se aquieta lo suficiente para que las palabras encuentren su forma. Y hay aquellos que, sin pedir nada, nos atraviesan… y se convierten en inspiración.

Un café en silencio.

No cualquier café, sino ese en el que el tiempo parece detenerse entre una taza y otra, donde las miradas no se cruzan, pero las historias se intuyen. Donde alguien escribe sin saber exactamente qué busca… y, aun así, encuentra.

Una plaza al atardecer.

La luz cayendo lentamente sobre los bancos, las sombras alargándose como si quisieran quedarse un poco más. El murmullo lejano de la vida, el viento moviendo hojas que parecen decir algo que no alcanzamos a comprender del todo.

Y una casa antigua.

Ventanas abiertas. Cortinas que respiran con el aire. Un pasado que no se ve, pero se siente. Hay casas que no necesitan voz… porque ya contienen historias en cada rincón.

Son esos lugares los que invitan.

No a hacer… sino a estar.

A detenerse.
A observar.
A escribir.
A componer.
O simplemente… a respirar.

Porque hay algo que sucede antes de cualquier historia.

Antes del conflicto, antes de los personajes, antes de las palabras…

está el lugar.

Ese espacio que lo contiene todo sin decir nada. Que ya tiene ritmo, atmósfera, emoción. Que no necesita ser inventado… porque ya existe como una historia en sí mismo.

Y entonces entendemos:

que hay lugares que no esperan ser escritos.

Ya lo están.

Sândra Camilo



escrita en 

2 de mai. de 2026

Cuando la vida guiña el ojo

  


Crónica – Cuando la vida guiña el ojo

La vida me guiña el ojo.

No siempre lo hace en los grandes momentos. A veces ocurre en lo más simple, en esos instantes en los que me sorprendo riendo sin razón, como si algo dentro de mí recordara que no todo necesita explicación.

Es ahí donde la vida aparece.

En el gesto pequeño.
En el cuerpo que se suelta.
En el viento que me encuentra cuando decido no resistir.

Hay días en los que bailo sin música.

No porque todo esté bien, sino porque elijo no quedarme detenida en lo que pesa. Bailo con el viento, con lo invisible, con aquello que no se ve pero se siente. Y, en medio de ese movimiento, me abrazo.

No como un acto de consuelo…
sino como una forma de presencia.

Porque he aprendido que estar conmigo también es un lugar.

Y, cuando sonrío, algo se abre.

Una sonrisa en los labios no es solo un gesto. Es una declaración. Es como decirle al universo, sin palabras, que sigo aquí. Que, a pesar de todo, hay en mí una parte que no se apaga.

“Aquí estoy para brillar.”

No desde la perfección.
No desde la ausencia de dolor.

Sino desde la elección.

Porque no todo es luz.

Lo sé.

Hay sombras, hay días nublados, hay momentos en los que el cuerpo se cansa y el alma pide silencio. Pero incluso ahí, en medio de lo que duele, existe una posibilidad.

La de elegir claridad.

No como negación de lo oscuro, sino como dirección. Como un gesto interno que dice: “puedo atravesar esto… sin perderme”.

Vivir con alegría, entonces, deja de ser un estado.

Se convierte en una práctica.

En una forma de mirar.
En una forma de respirar.
En una forma de sanar.

Y así, entre risas sin motivo, pasos que se mueven con el viento y abrazos que me doy a mí misma…

la vida vuelve a guiñarme el ojo.

Como quien sabe…
que entendí.

Sândra Camilo 

escrita en 

30 de abr. de 2026

Crônica – “Me chamam de amor”


 

Crônica – Me chamam de amor

Me chamam de amor.

No início, não entendia muito bem o porquê. Achava que era apenas uma forma bonita de dizer algo simples, quase como um apelido que se aceita sem questionar.

Mas, com o tempo, comecei a perceber…

Talvez não fosse o que diziam.
Talvez fosse o que viam.

Vejo luz.

Não aquela que se explica, nem a que se mede. Mas uma luz que aparece nos pequenos gestos, nos encontros inesperados, nos silêncios que acolhem.

Vejo flor.

E não apenas nos jardins. Vejo flor nas pessoas, nos olhares cansados que ainda tentam sorrir, nas histórias que insistem em florescer mesmo quando tudo parece seco.

Me chamam de terna.

E talvez seja verdade.

Porque gosto de plantar.
Plantar palavras, plantar presença, plantar cuidado.

Planto flor na terra…
mas também planto em gente.

Me chamam de quente.

E eu sorrio.

Porque abraço.

Abraço com o corpo, com o olhar, com a escuta. Abraço todos os dias muita gente — algumas de perto, outras apenas com o coração.

E, no fim, entendo…

Não é sobre como me chamam.

É sobre como escolho existir.

Entre luz e flor.
Entre gesto e presença.
Entre o que dou… e o que sou.

Se me chamam de amor…

talvez seja porque, em algum lugar,
eu aprendi a ser.

 Sândra Camilo

#Amo #LuzEFlor 

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