Páginas

8 de mai. de 2026

Laços que ficam

 



Crónica – Laços que ficam

Entre risos e silêncios… a gente cresceu.

Na época, não parecia importante. Eram dias comuns, feitos de pequenas coisas: dividir o tempo, o espaço, as histórias. Não sabíamos que estávamos construindo algo que o tempo não levaria.

Crescer ao lado de irmãos é assim.

A vida acontece sem que a gente perceba. Os mesmos passos, os mesmos caminhos, as mesmas descobertas. E, entre uma brincadeira e outra, surgem as brigas — pequenas, intensas, passageiras. Como se fossem tempestades rápidas, que o vento leva sem deixar marca.

Mas algo fica.

Sempre fica.

Um laço invisível, desses que não se explicam, mas se sentem. Um fio silencioso que nos mantém conectados, mesmo quando a vida nos leva para direções diferentes.

Porque, mesmo longe…
há algo que chama de volta.

Pode ser uma lembrança. Um gesto. Um cheiro. Ou simplesmente o reconhecimento de que existe um lugar onde não precisamos ser outra coisa além do que somos.

Irmãos são isso.

História compartilhada.
Raiz comum.
Uma linguagem que não precisa de tradução.

Guardamos lembranças em cada olhar. Segredos que o tempo não apaga. Momentos simples que, sem aviso, se transformam em memória.

E há algo muito bonito nisso.

Saber que, mesmo quando tudo parece cair, existe um abraço que ainda nos encontra. Um silêncio que acolhe. Uma presença que não precisa se anunciar.

Porque o tempo pode mudar tudo…
menos o que foi verdadeiro.

E, no fundo, entendemos:

não é só sangue.

É tudo o que foi vivido.
Tudo o que foi sentido.
Tudo o que permanece, mesmo quando já não está tão perto.

E, se o caminho nos separa…
ainda assim, de alguma forma, seguimos morando um no outro.

Porque família não é apenas quem está.

É quem fica.

 Sândra Camilo  escrita 08 de abril 2026 

7 de mai. de 2026

Antes de la historia


Crónica – Antes de la historia

Hay lugares que parecen escritos por adelantado.

No se explican, no se anuncian… simplemente se revelan. Aparecen como si ya existieran dentro de nosotros, esperando el momento exacto para ser reconocidos. Calles que no solo se recorren, sino que susurran. Paisajes que no solo se miran, sino que se sienten como escenas que aún no han sido vividas… pero que, de alguna forma, ya nos pertenecen.

Para quienes escribimos, el mundo no es solo un conjunto de espacios.

Es lenguaje.

Hay lugares que no son escenario, sino personaje. Caminan con nosotros, respiran en silencio, se instalan en la memoria con una presencia que no se borra. Otros se vuelven refugio, un sitio donde la vida se aquieta lo suficiente para que las palabras encuentren su forma. Y hay aquellos que, sin pedir nada, nos atraviesan… y se convierten en inspiración.

Un café en silencio.

No cualquier café, sino ese en el que el tiempo parece detenerse entre una taza y otra, donde las miradas no se cruzan, pero las historias se intuyen. Donde alguien escribe sin saber exactamente qué busca… y, aun así, encuentra.

Una plaza al atardecer.

La luz cayendo lentamente sobre los bancos, las sombras alargándose como si quisieran quedarse un poco más. El murmullo lejano de la vida, el viento moviendo hojas que parecen decir algo que no alcanzamos a comprender del todo.

Y una casa antigua.

Ventanas abiertas. Cortinas que respiran con el aire. Un pasado que no se ve, pero se siente. Hay casas que no necesitan voz… porque ya contienen historias en cada rincón.

Son esos lugares los que invitan.

No a hacer… sino a estar.

A detenerse.
A observar.
A escribir.
A componer.
O simplemente… a respirar.

Porque hay algo que sucede antes de cualquier historia.

Antes del conflicto, antes de los personajes, antes de las palabras…

está el lugar.

Ese espacio que lo contiene todo sin decir nada. Que ya tiene ritmo, atmósfera, emoción. Que no necesita ser inventado… porque ya existe como una historia en sí mismo.

Y entonces entendemos:

que hay lugares que no esperan ser escritos.

Ya lo están.

Sândra Camilo



escrita en 

2 de mai. de 2026

Cuando la vida guiña el ojo

  


Crónica – Cuando la vida guiña el ojo

La vida me guiña el ojo.

No siempre lo hace en los grandes momentos. A veces ocurre en lo más simple, en esos instantes en los que me sorprendo riendo sin razón, como si algo dentro de mí recordara que no todo necesita explicación.

Es ahí donde la vida aparece.

En el gesto pequeño.
En el cuerpo que se suelta.
En el viento que me encuentra cuando decido no resistir.

Hay días en los que bailo sin música.

No porque todo esté bien, sino porque elijo no quedarme detenida en lo que pesa. Bailo con el viento, con lo invisible, con aquello que no se ve pero se siente. Y, en medio de ese movimiento, me abrazo.

No como un acto de consuelo…
sino como una forma de presencia.

Porque he aprendido que estar conmigo también es un lugar.

Y, cuando sonrío, algo se abre.

Una sonrisa en los labios no es solo un gesto. Es una declaración. Es como decirle al universo, sin palabras, que sigo aquí. Que, a pesar de todo, hay en mí una parte que no se apaga.

“Aquí estoy para brillar.”

No desde la perfección.
No desde la ausencia de dolor.

Sino desde la elección.

Porque no todo es luz.

Lo sé.

Hay sombras, hay días nublados, hay momentos en los que el cuerpo se cansa y el alma pide silencio. Pero incluso ahí, en medio de lo que duele, existe una posibilidad.

La de elegir claridad.

No como negación de lo oscuro, sino como dirección. Como un gesto interno que dice: “puedo atravesar esto… sin perderme”.

Vivir con alegría, entonces, deja de ser un estado.

Se convierte en una práctica.

En una forma de mirar.
En una forma de respirar.
En una forma de sanar.

Y así, entre risas sin motivo, pasos que se mueven con el viento y abrazos que me doy a mí misma…

la vida vuelve a guiñarme el ojo.

Como quien sabe…
que entendí.

Sândra Camilo 

escrita en 

Anuncios

Anuncios