Crónica – Un acto de fe
Vivir del arte es un acto de fe.
No una fe ingenua, ni una ilusión ligera. Es una fe que se construye todos los días, en silencio, en la duda, en los momentos en que nada parece sostener lo que uno siente.
Porque no se trata solo de talento.
Se trata del alma que insiste.
Ser artista es caminar por un territorio sin garantías. Un lugar donde no hay promesas de estabilidad, donde cada creación es un salto al vacío y cada día exige una nueva forma de existir. No hay mapas. No hay caminos seguros. Solo una intuición que empuja… y una voz interna que no se apaga.
Y, aun así, uno sigue.
Porque hay algo en el arte que da sentido.
Algo que no se explica, pero se reconoce. Es el instante en que lo invisible toma forma, en que lo cotidiano se vuelve belleza, en que una emoción encuentra lenguaje y deja de ser peso para convertirse en expresión.
Ahí… todo cobra sentido.
Pero vivir del arte no es solo crear.
Es sostenerse.
Sostener la propia luz incluso cuando nadie la nombra. Cuando el mundo pasa de largo. Cuando lo que haces no es entendido, o no es visto, o simplemente no encaja.
Es, muchas veces, seguir creyendo solo.
Creer que lo que nace de ti tiene valor, aunque no tenga aplausos inmediatos. Aunque no tenga respuestas rápidas. Aunque no tenga lugar todavía.
Y eso… también es arte.
Resistir sin endurecerse.
Persistir sin perder la sensibilidad.
Volver a empezar, incluso cuando todo parece detenido.
Porque el arte no es una elección momentánea.
Es un destino.
Algo que no se abandona, porque no vive fuera… vive dentro.
Y quien decide vivir de él…
decide también vivir con verdad.
Con todo lo que eso implica.
Con la belleza…
y con la incertidumbre.
Pero, sobre todo,
con la certeza de que hay algo en su existencia que no puede ser negado.
Y que, aun en los días más difíciles…
merece ser vivido.
Sândra Camilo

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