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20 de abr. de 2026

La ternura que resiste

 


Crónica – La ternura que resiste

No es fácil ser hombre en estos tiempos.

No lo digo desde la distancia, ni desde el juicio. Lo digo desde lo que he visto… desde lo que se siente cuando uno aprende a mirar más allá de lo evidente.

Porque a muchos de ellos les enseñaron a resistir.

A no llorar.
A no quebrarse.
A no pedir ayuda.

Les enseñaron a sostener el mundo… incluso cuando el suyo propio temblaba en silencio.

Y es en ese silencio donde todo ocurre.

He visto miradas que dicen más de lo que las palabras permiten. He sentido esos cansancios que se disfrazan de calma, esa forma tan precisa de parecer bien… cuando algo adentro pide descanso.

He visto cómo se tragan las palabras para no herir.
Cómo aprietan el orgullo para seguir adelante.
Cómo eligen callar… cuando lo que más necesitan es ser escuchados.

Y entonces comprendo:

no, no son de piedra.

Son carne, fuego y memoria.

Son historias que no siempre se cuentan. Son niños que alguna vez soñaron ser sol… y que, con el tiempo, aprendieron que también hay días de lluvia.

Y aún así… siguen.

Siguen sosteniendo.
Siguen intentando.
Siguen amando… a su manera.

Hoy no quiero hablar de lo que hacen.

Quiero hablar de lo que sostienen.

De aquello que nadie ve.
De lo invisible.
De lo que no se aplaude.

De las veces en que eligieron el amor, incluso cuando el mundo les enseñó la distancia. De la ternura que no siempre saben mostrar, pero que existe… insistente… esperando un lugar donde respirar.

Porque hay una ternura en ellos que resiste.

Resiste al tiempo, a las exigencias, a las capas que fueron aprendiendo a construir para protegerse.

Y cuando esa ternura aparece — aunque sea por un instante — todo se vuelve verdadero.

Hoy elijo mirar así.

No al hombre como rol.
No como expectativa.
Sino como presencia.

Como alguien que también necesita.
Que también duda.
Que también siente.

Hoy te honro…
no por lo que haces,
sino por lo que eres.

Por quedarte.
Por seguir creyendo en el bien.
Por cuidar, por intentar, por no rendirte a la frialdad del mundo.

Hoy te miro…
y te reconozco.

Porque detrás del hombre…
hay alma.

Y detrás del alma…
hay luz.


Sândra Camilo escrito en 

14 de abr. de 2026

Antes que el sol

 


Crónica – Antes que el sol

Cada mañana, antes de que el sol abriera los ojos del cielo, ella ya estaba en camino.

No había prisa en sus pasos. Eran suaves, casi un susurro deslizándose entre la hierba húmeda. Subía la montaña no por hábito, sino por algo más profundo — un llamado silencioso que nacía del amor. Amor al silencio, al aire frío que despertaba la piel, a la vida que comenzaba a abrirse entre gotas de rocío.

Había algo en ese recorrido que no se explicaba.

La montaña no era solo un lugar. Era un espejo.

Al mirarla, ella se veía. En sus curvas reconocía sus propios sueños, las alturas que aún deseaba alcanzar, y también las sombras que había aprendido a aceptar en sí misma. No subía para conquistar la cima… subía para encontrarse.

Algunas mañanas, llevaba pensamientos pesados. Aquellos que se acumulan sin aviso, que se instalan en el pecho y dificultan el paso. Pero, al llegar arriba, algo cambiaba. No había esfuerzo en dejar ir. Era como si la altura le enseñara a soltar.

Y entonces… dejaba que cayeran.

Como piedras rodando hacia el valle, desapareciendo poco a poco hasta ya no pertenecerle.

Ela admirava a relva — essa extensão viva que sustentava seus passos — e o orvalho que brilhava como pequenos mundos suspensos no tempo. Cada gota carregava um sentido, uma promessa silenciosa de que tudo recomeça, mesmo sem ser percebido.

Quando o sol finalmente nascia, ela não precisava dizer nada.

Fechava os olhos.

E celebrava.

Não com palavras, mas com o corpo inteiro presente. Com a alma aberta, recebendo a luz que tocava seu rosto como quem reconhece algo familiar.

E assim, dia após dia, sem testemunhas, sem aplausos, sem necessidade de ser vista…

ela se transformava.

Um pouco mais montanha.
Um pouco mais amanhecer.

Sândra Camilo  

escrito en 

10 de abr. de 2026

Un acto de fe

 


Crónica – Un acto de fe

Vivir del arte es un acto de fe.

No una fe ingenua, ni una ilusión ligera. Es una fe que se construye todos los días, en silencio, en la duda, en los momentos en que nada parece sostener lo que uno siente.

Porque no se trata solo de talento.

Se trata del alma que insiste.

Ser artista es caminar por un territorio sin garantías. Un lugar donde no hay promesas de estabilidad, donde cada creación es un salto al vacío y cada día exige una nueva forma de existir. No hay mapas. No hay caminos seguros. Solo una intuición que empuja… y una voz interna que no se apaga.

Y, aun así, uno sigue.

Porque hay algo en el arte que da sentido.

Algo que no se explica, pero se reconoce. Es el instante en que lo invisible toma forma, en que lo cotidiano se vuelve belleza, en que una emoción encuentra lenguaje y deja de ser peso para convertirse en expresión.

Ahí… todo cobra sentido.

Pero vivir del arte no es solo crear.

Es sostenerse.

Sostener la propia luz incluso cuando nadie la nombra. Cuando el mundo pasa de largo. Cuando lo que haces no es entendido, o no es visto, o simplemente no encaja.

Es, muchas veces, seguir creyendo solo.

Creer que lo que nace de ti tiene valor, aunque no tenga aplausos inmediatos. Aunque no tenga respuestas rápidas. Aunque no tenga lugar todavía.

Y eso… también es arte.

Resistir sin endurecerse.
Persistir sin perder la sensibilidad.
Volver a empezar, incluso cuando todo parece detenido.

Porque el arte no es una elección momentánea.

Es un destino.

Algo que no se abandona, porque no vive fuera… vive dentro.

Y quien decide vivir de él…
decide también vivir con verdad.

Con todo lo que eso implica.

Con la belleza…
y con la incertidumbre.

Pero, sobre todo,
con la certeza de que hay algo en su existencia que no puede ser negado.

Y que, aun en los días más difíciles…
merece ser vivido.

Sândra Camilo 

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