Crónica – Cuando la vida guiña el ojo
La vida me guiña el ojo.
No siempre lo hace en los grandes momentos. A veces ocurre en lo más simple, en esos instantes en los que me sorprendo riendo sin razón, como si algo dentro de mí recordara que no todo necesita explicación.
Es ahí donde la vida aparece.
En el gesto pequeño.
En el cuerpo que se suelta.
En el viento que me encuentra cuando decido no resistir.
Hay días en los que bailo sin música.
No porque todo esté bien, sino porque elijo no quedarme detenida en lo que pesa. Bailo con el viento, con lo invisible, con aquello que no se ve pero se siente. Y, en medio de ese movimiento, me abrazo.
No como un acto de consuelo…
sino como una forma de presencia.
Porque he aprendido que estar conmigo también es un lugar.
Y, cuando sonrío, algo se abre.
Una sonrisa en los labios no es solo un gesto. Es una declaración. Es como decirle al universo, sin palabras, que sigo aquí. Que, a pesar de todo, hay en mí una parte que no se apaga.
“Aquí estoy para brillar.”
No desde la perfección.
No desde la ausencia de dolor.
Sino desde la elección.
Porque no todo es luz.
Lo sé.
Hay sombras, hay días nublados, hay momentos en los que el cuerpo se cansa y el alma pide silencio. Pero incluso ahí, en medio de lo que duele, existe una posibilidad.
La de elegir claridad.
No como negación de lo oscuro, sino como dirección. Como un gesto interno que dice: “puedo atravesar esto… sin perderme”.
Vivir con alegría, entonces, deja de ser un estado.
Se convierte en una práctica.
En una forma de mirar.
En una forma de respirar.
En una forma de sanar.
Y así, entre risas sin motivo, pasos que se mueven con el viento y abrazos que me doy a mí misma…
la vida vuelve a guiñarme el ojo.
Como quien sabe…
que entendí.
Sândra Camilo





