Páginas

21 de mai. de 2026

Amor de alma


 

Crónica – Amor de alma

Antes de ti… yo ya te sentía.

No sé explicarlo con precisión, pero había algo en mí que te reconocía antes de conocerte. Como si tu existencia ya habitara en algún lugar silencioso de mi alma, esperando el momento de hacerse visible.

Y entonces llegaste.

Sin pedir espacio.
Sin anunciarte.

Llegaste… y lo cambiaste todo.

No fue un cambio brusco, ni algo que se pudiera nombrar de inmediato. Fue más bien una transformación suave, profunda, de esas que se instalan sin ruido, pero que nunca más se van.

Contigo aprendí a amar.

No el amor que se dice, ni el que se promete. Aprendí ese amor que se vive en lo cotidiano, en los pequeños gestos, en la entrega que no espera nada a cambio.

En tu mirada… me encontré.

Fue como verme de una forma nueva, más verdadera. Como si, a través de ti, pudiera reconocer partes de mí que aún no conocía. Y en ese encuentro, entendí algo que antes no sabía:

que nunca más estaría sola.

Crecimos juntos.

Aunque parezca que fui yo quien te enseñó, hay una verdad que no puedo negar: tú me enseñaste a mí. Me enseñaste a volver a empezar, a mirar la vida con otros ojos, a encontrar sentido en lo simple.

En tu fuerza… aprendí a sostenerme.

En tu existencia… entendí que amar también es elegir todos los días. Elegir cuidar, elegir estar, elegir permanecer incluso cuando la vida cambia de forma.

Porque lo nuestro… no se explica.

No es solo tiempo.
No es solo cercanía.

Es algo más.

Un lazo que no depende de la distancia, ni de las palabras. Un vínculo que se siente incluso en silencio, incluso cuando no estamos en el mismo lugar.

Eres parte de lo que soy.

Y no como algo que se posee, sino como algo que vive en mí. Como una extensión del amor que, desde el día en que llegaste, encontró una nueva forma de existir.

Hoy lo sé.

Hay muchos tipos de amor en el mundo…
pero este…

este es de alma.

Y no tiene fin.

 Sândra Camilo ESCRITO EN 17-03-2026

18 de mai. de 2026

Domingos de lluvia

 


Crónica – Domingos de lluvia

Un día de lluvia como hoy… siempre me lleva de vuelta.

No importa dónde esté, ni cuánto tiempo haya pasado. Hay algo en la lluvia que abre una puerta silenciosa dentro de mí. Una puerta que no hace ruido, pero que, al cruzarla, me devuelve a un lugar donde todo era más simple.

Y ahí… está ella.

Mi mamá.

La veo en esos domingos que parecían no tener prisa. Días en los que el tiempo no corría, apenas se dejaba estar. Afuera, la lluvia caía suave, como hoy. Adentro, la casa se llenaba de una calma que no necesitaba explicación.

No hacíamos grandes cosas.

Y, sin embargo, lo eran todo.

Había algo en estar juntos que bastaba. Una conversación sin urgencia, un silencio compartido, un gesto pequeño que, sin saberlo, se convertía en recuerdo.

La lluvia tenía otro sonido en esos días.

No era solo agua cayendo…
era compañía.

Hoy, cuando la escucho, no puedo evitar sentir esa falta. No una falta dolorosa, sino una ausencia que abraza. De esas que no hieren, pero que dejan claro lo importante que fue — y sigue siendo — ese amor.

Y entonces empiezo a contar.

Cuento los días.

No como quien espera algo lejano, sino como quien guarda una certeza. La certeza de que pronto habrá un abrazo. De que pronto, ese espacio que hoy existe en la distancia se llenará de presencia.

Qué ganas…

Ganas de volver a esos momentos. De sentarme cerca. De no decir nada y, aun así, sentir que todo está bien. De dejar que la lluvia vuelva a ser lo que era: un fondo perfecto para el amor que no necesita palabras.

Tal vez crecer sea eso.

Aprender a reconocer que los momentos simples eran extraordinarios. Y que, aun cuando pasan… nunca se van del todo.

Porque hay recuerdos que no se apagan.

Solo esperan…
a ser abrazados otra vez.


Sândra Camilo escrita en 

14 de mai. de 2026

La elección invisible

 



Crónica – La elección invisible

Cada día elegimos.

Aunque no siempre lo notemos.
Aunque muchas veces lo hagamos en automático, sin detenernos a mirar lo que realmente está en juego.

Elegimos en lo pequeño.

En la forma en que despertamos.
En el pensamiento que dejamos entrar primero.
En la emoción que decidimos sostener… o soltar.

Y, sin darnos cuenta, esas pequeñas elecciones van construyendo algo mayor.

Porque hay días en los que nos volvemos esclavos.

Esclavos de aquello que nos limita, que nos repite, que nos mantiene en el mismo lugar. De las inseguridades que aprendimos a escuchar demasiado, de los miedos que se disfrazan de prudencia, de las dudas que, poco a poco, van ocupando el espacio donde antes habitaba la posibilidad.

No es fácil verlo.

A veces creemos que es la vida la que decide por nosotros. Que son las circunstancias, los tiempos, las personas… pero, en el fondo, hay un punto silencioso donde todo comienza:

la elección.

También hay días distintos.

Días en los que, aun con miedo, algo dentro se levanta. Días en los que no desaparecen las dudas, pero dejan de mandar. Días en los que, aunque el camino no esté claro, decidimos avanzar.

Y ahí… algo cambia.

Dejamos de servir a lo que nos detiene…
y comenzamos a servir a lo que nos llama.

El propósito no siempre grita.

A veces es apenas un susurro. Una sensación leve que insiste, que se repite, que vuelve incluso cuando intentamos ignorarla. No siempre es cómodo. No siempre es inmediato. Pero es verdadero.

Y cuando elegimos escucharlo…

la vida se organiza de otra forma.

No porque todo se vuelva fácil, sino porque todo empieza a tener sentido. Incluso los desafíos. Incluso las pausas. Incluso los momentos en que sentimos que no estamos avanzando.

Porque ya no caminamos desde la debilidad.

Caminamos desde la dirección.

Y entonces entendemos algo simple… pero profundo:

que la elección siempre está.

No afuera.
No en el otro.

En nosotros.

Cada día.
En cada gesto.
En cada pensamiento que decidimos creer.

Ser esclavos…
o ser servidores.

Y, aunque a veces olvidemos…
siempre podemos volver a elegir.

 Sândra Camilo  ESCRITA EN 

Anuncios

Anuncios